La guerra atroz

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Probablemente algunos lectores van a sorprenderse al leer que, después de las dos guerras mundiales de este siglo y de la de Vietnam, la contienda más mortífera de esta centuria ha sido la Guerra del Chaco, librada entre Bolivia y Paraguay entre 1932 y 1935.Su pobreza y subdesarrollo hubieran hecho impensable un conflicto largo y encarnizado entre estos dos países.En sana lógica es admisible que las más grandes potencias del Mundo cuenten con recursos y hombres para trabarse en sangrías de años.No así tratándose de dos naciones paupérrimas y muy escasamente pobladas.Pero hay un elemento que hace aún más inconcebible esa guerra absurda: la carencia de razones válidas para comprometerse en una refriega tan brutal y despiadada como fue la Guerra del Chaco.Los dos países arruinaron sus precarias economías en el desmesurado esfuerzo bélico.Con su rápido y siniestro vuelo de chulos voraces, cayeron sobre estas dos naciones indigentes, en perfecta complementación, los grandes prestamistas internacionales y los traficantes y usufructuarios de la muerte con sus cargamentos de fusiles, tanques, aviones, obuses y artillería.Hoy los niños de Asunción juegan y retozan en torno a un pedestal, en el que se yergue un tanque de la casa inglesa Vickers capturado a los bolivianos en el Chaco.Las palomas se posan sobre la torreta y los turistas toman fotografías.Acaso sólo algunos de los vejetes que to.man el sol junto a las orugas sabrán que el hoy inofensivo armatoste fue pagado a los lejanos mercaderes

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