Reconstruyendo la laicidad desde el contexto histórico mexicano, por José Luis Llaquet de Entrambasaguas

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Algunos estudios consideran que México es un país laicista en el que su legislación ignora o reduce las religiones al ámbito privado o en el que sus gobernantes han legislado con animadversión religiosa, cuanto menos, contra el catolicismo que profesa la mayoría de la población. Sin dejar de ser cierto que en la convulsa historia mexicana ha habido períodos de anticlericalismo, indiferencia y persecución religiosa, las relaciones entre el Estado y las asociaciones religiosas mexicanas han sido complejas. Durante el período juarista se promulgaron leyes de reforma que separaron el Estado de la Iglesia católica, en un régimen laico de facto que se consolidó y gestionó en la época revolucionaria y post-revolucionaria, con aciertos y errores. Las políticas neoliberales de los años 70 y los profundos cambios de los años 90, frutos de los nuevos contextos internacionales y nacionales, provocaron un paulatino acercamiento entre los gobernantes y los líderes de las asociaciones religiosas, que se ha ido incrementando hasta el presente. Mientras que, por un lado, la laicidad aparece expresamente reconocida en 1992 –en el art. 3 de la Ley de asociaciones religiosas y culto público (LARCP)–, y en 2012 –con su inclusión en el art. 40 de la Constitución (CPEUM)–, sin embargo, algunos autores consideran que la mayor relevancia de las religiones en el espacio público estaría edulcorando la laicidad «a la mexicana», vaciándola de contenido. En el debate actual, en el que México está adaptando su sistema jurídico a un entorno plurilegalista debido al reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas, la doctrina reflexiona acerca de la esencia, el dinamismo y los procesos de la laicidad mexicana, deconstruyendo sus elementos históricos para reconstruir una laicidad evolucionada que resulte significativa en el XXI1. Some studies consider Mexico a secular country where its legislation, at the very least, either ignores or confines religion to the private sphere or where its rulers have legislated with religious animosity, particularly against Catholicism, which is professed by the majority of the population. While it is true that Mexico’s turbulent history includes periods of anticlericalism, indifference, and religious persecution, the relationship between the State and Mexican religious associations has been complex. During the Juárez period, reform laws were enacted to separate the State from the Catholic Church, establishing a de facto secular regime that was later consolidated and managed during the revolutionary and post-revolutionary eras, with both successes and shortcomings. The neoliberal policies of the 1970s and the profound changes of the 1990s –driven by new international and national contexts– led to a gradual rapprochement between the rulers and leaders of religious associations, a trend that has continued to the present day. On the one hand, secularism was explicitly recognized in 1992 –through Article 3 of the Law of Religious Associations and Public Worship (LARCP)– and in 2012, when it was included in Article 40 of the Constitution (CPEUM). On the other hand, some authors argue that the growing influence of religion in the public sphere is diluting secularism «a la Mexicana», effectively emptying it of substance. In the current debate, as Mexico adapts its legal framework to a plurilegal environment recognizing the rights of indigenous peoples, scholars reflect on the essence, dynamism, and processes of Mexican secularism. This reflection involves deconstructing its historical elements to reconstruct an evolved secularism that is meaningful in the 21st century.

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